El Astrónomo Errante

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Guía de Observación de Objetos Difusos de Cielo Profundo 4. Condiciones de Observación.

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Una vez tenemos preparado nuestro equipo y planificada nuestra observación, nos dirigimos hacia la zona de observación. Trataremos en este capítulo cuándo, dónde y en qué condiciones se realiza la sesión de observación.

Grupo de aficionados preparando una observación

Períodos de Observación

La observación de cielo profundo es bastante rigurosa en cuanto a las condiciones ambientales. La Luna provoca que la atmósfera terrestre se ilumine. Por ello debemos observar las noches sin luna, bien aquellas próximas a la Luna Nueva o cuando esta no se encuentre sobre el horizonte.

Por desgracia para nosotros, noche con la Luna bajo el horizonte y Luna Nueva definen casi el mismo período de observación. Si, como es frecuente, realizamos nuestras observaciones los fines de semana, esto nos deja un fin de semana de observación al mes. En algunos meses, dos. Si añadimos que debe estar despejado, que no haga viento, que no tenemos otros compromisos (¡debieran estar prohibidas las celebraciones los fines de semana sin luna!), que no estemos demasiado cansados después de una semana horrible de trabajo, que… nos quedan como mucho unas diez observaciones al año. ¡Bonita afición la nuestra que solo nos deja disfrutar de ella unas pocas veces al año!

La observación debe realizarse sin Sol. ¡Claro! ¡De día no se ven las estrellas! Efectivamente, eso es lo que quiero decir. Tenemos que esperar a que el cielo esté totalmente oscuro, o lo que es lo mismo, debemos observar entre los crepúsculos astronómicos. Si lo hacemos antes o después, el cielo de fondo estará iluminado por el Sol. Aunque solamente sea un poco, será lo suficiente para que perdamos contraste o que incluso no veamos algunos objetos débiles.

Los crepúsculos astronómicos varían de duración dependiendo de la latitud (mayor cuanto más cerca del ecuador) y con las épocas del año (mayor en verano). Para 40º de latitud Norte (Madrid) la duración aproximada es de una hora y media en invierno y dos horas en verano.

Como se puede observar, las cortas noches de verano se acortan aún más por la duración de los crepúsculos. Otra vez, las mejores épocas del año en cuanto a climatología nos deparan noches cortas. En invierno tenemos noches largas pero el intenso frío desanima a muchos observadores. En primavera y otoño el problema es la humedad que se condensa sobre las superficies ópticas. Parece que todo está en contra del astrónomo observacional. Por suerte tenemos algunos medios para remediarlo.

Lugar de Observación

La elección de un lugar de observación no es una tarea fácil. Reunir todos requisitos parece casi imposible.
La baja contaminación lumínica sería para muchos la cualidad principal. Un cielo iluminado hace que perdamos muchos objetos al alcance de nuestro instrumental. Es infinitamente mejor un cielo realmente oscuro con un instrumento pequeño que un cielo contaminado con el mejor telescopio.

Para evaluar la contaminación lumínica, solemos usar la escala de Bortle. John Bortle publicó en la revista Sky & Telescope un artículo proponiendo una nueva escala para determinar la calidad de los cielos. Divide los cielos en nueve niveles, dando  abundantes características de cada uno de ellos. Para más información véase Escala de Bortle.

Nuestro lugar de observación debiera estar libre de luces parásitas. Tanto si las luces artificiales inciden directamente sobre nuestros ojos como si iluminan el entorno, provocan que la adaptación a la oscuridad de nuestra vista no sea total. Ocultémonos de las luces directas usando pantallas. Una tela o plástico negros opacos colgados con cuerdas bastarán.

Si además tenemos horizontes despejados podremos realizar observaciones en todas las direcciones. Si tenemos poco campo de visión, solo podremos ver determinadas franjas del cielo. Lo habitual es que busquemos lugares con buenos horizontes hacia el sur por donde van desfilando mes tras mes las diferentes constelaciones en su culminación.

Busquemos también la altitud. Cuanto más alto estemos menos capas de atmósfera tendremos que superar para ver los objetos. Tampoco es recomendable la cima de montes y montañas ya que allí suele soplar más el viento al no estar protegido. Busquemos una cota alta pero no la máxima.

Probablemente el mejor sito para observar es el más accesible, en el que mejor y más horas de observación consigáis, siempre que cuente con unos mínimos de calidad. Puede ser la terraza de casa, el jardín del chalet o un lugar remoto. Si os permite la observación de forma fácil y cómoda ese es vuestro mejor lugar. Se puede hacer observación de cielo profundo desde la ciudad, con las limitaciones que ello conlleva, pero se puede.

El “Mirador de las Estrellas”, el área de observación que la AAM posee en Bonilla es un lugar bastante bueno. No es perfecto, pero cumple la mayoría de estos requerimientos y no está demasiado alejado de Madrid. Hay pocos lugares con esas características accesibles desde nuestra ciudad. Otras zonas de observación más cercanas tienen el inconveniente de verse demasiado el hongo de Madrid y la ventaja de estar más cerca. En esto no se puede trazar una norma. Cada uno debe elegir si un cielo mejor y un lugar cercano, aunque cuanto más observéis mejores cielos demandaréis.

Panorámica del Mirador de Las Estrellas

Condiciones Atmosféricas

De una noche a otra, en el mismo lugar de observación, notamos que objetos que eran visibles dejan de serlo y viceversa. Incluso estas variaciones pueden ser apreciables durante una noche. Las condiciones atmosféricas han cambiado.

Dos son los parámetros básicos que harán nuestra noche adecuada o no para la observación, aunque estemos en un lugar de primera clase.

La transparencia atmosférica nos indica la atenuación sufrida por la luz que proviene de los astros. Esta atenuación se debe a la propia dispersión atmosférica, favorecida por la presencia de vapor de agua y de polvo en suspensión. Para medirla usamos la Magnitud Límite Estelar (MALE). No es un método propio de la observación de cielo profundo, proviene de la observación de meteoros, aunque es perfectamente aplicable.

Se define como la magnitud de la estrella más débil visible a simple vista. Para su medida, se han seleccionado 30 zonas repartidas por todo el cielo. Una vez elegida la zona más cercana al o los objetos a observar, contamos el número de estrellas que vemos, incluyendo también las de los vértices y el contorno, en el interior de la zona. Con este número miramos la tabla correspondiente a la zona elegida para conocer la magnitud límite.

La turbulencia atmosférica está producida por la diferente densidad y temperatura de las capas de la atmósfera. En verano este efecto es más notable ya que el aire se calienta en contacto con el terreno. El cemento y los solados retienen el calor mientras que el césped es lo ideal.

Para medir la estabilidad de la atmósfera usamos varias escalas de “seeing”, término inglés que significa visión o percepción. En el artículo Seeing y Turbulencia Atmosférica podéis encontrar varias de estas escalas. La más usada es la de Antoniadi.

La turbulencia no representa un gran problema para el observador de cielo profundo, por lo menos no tanto como lo es para los observadores planetarios, ya que los objetos son más grandes y con menos detalles observables, debido al poco contraste de sus tonalidades. Las nebulosas planetarias más pequeñas pueden verse afectadas en mayor medida ya que para su observación empleamos grandes aumentos.

El fuerte viento puede acabar con nuestra observación, haciendo vibrar el telescopio y siendo imposible fijar en el ocular los objetos a observar. En cambio, una ligera brisa ayuda a disipar las brumas y calimas, dejando el cielo limpio.

Las mejores noches de observación son las de invierno tras el paso de un frente frío. La atmósfera se queda limpia y despejada. No existe apenas turbulencia. El único problema es el intenso frío. Hemos llegado a estar observando a diez grados bajo cero. La atmósfera en perfectas condiciones hizo que mereciera la pena.


 
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